Cuando iba fumando un cigarro
por la calle de la esquina rota,
había amarrado un perro.
Poco a poco el humo se escapa de mi boca
y el perro que me ladra, enseñándome los dientes.
¿Para qué pararme con algo
que me ladra para demostrarme
que a mí me tiene más miedo
por ir andando por su calle?
Demuéstrame si quieres
o así es lo que tu piensas
que la paz tu cuerpo halla
sin ladrarme cuando me veas.
Convéncete dañando.
No es triste vivir soñando
pero sí defenderte engañando.
Y cuando paso por la calle,
para mí no existe el perro.
En mi corazón se resiente el hueco
por el que vive de falsos lamentos.
A.J.P.R.
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